ResiduosdeCafe

Cuando los pensamientos sedimentan.

Malas atenciones.

Anoche tuve el infortunado placer de regresar a uno de mis restaurantes/bar favoritos en Bogotá, regresé a Isola, y no iba sola. 

Ubicados en el primer piso del lugar, que tiene unos riquísimos cocteles y una amplía carta  inspirada en la cocina italiana, pedí un trago de Abuelo. El mesero trajo un vaso con hielo, le pedí que fuera sin hielo, el, un poco de mala gana, tomó el vaso le sacó el hielo poniéndolo en otro vaso que había en la mesa, y en el mismo vaso húmedo me sirvió el trago de ron.image

A quien le guste echarle agua congelada a sus tragos, mis respetos, pero al mesero que no entendió que un trago sin hielo implica que el cliente quiere el licor en su “máxima pureza” le va la madre.

Después de esto, pedimos dos pizzas, una Ustica, que es de mariscos, y otra de jamón serrano. Ambas pizzas llegaron del mismo sabor, mi acompañante eterno, no podía comer mariscos, por lo que tuvimos que pedir el cambio de la pizza, pedimos otro trago de ron, sin darme cuenta, él pidió una gaseosa, se levantó de la mesa a atender una llamada, en este punto, otro mesero nos atendía.

La jefe de meseros, Sandra, trajo la gaseosa, aún mi acompañante estaba ausente, por lo cual, como no sabía que había pedido la bebida, la rechacé. Cuando ella, Sandra, volvió, me dijo en un “tonito” nada amable, “el señor la pidió” y sin que él estuviera en la mesa la sirvió en vaso con hielo que acompañaba la botella, le dije que habíamos pedido otro trago de ron, me respondió en el mismo tonito desagradable “déjeme termino aquí”.

El segundo trago de ron lo trajo una mesera, una mucho más amable, en este punto cuatro personas diferentes nos habían atendido. Finalmente pedimos la cuenta, bueno, lo intentamos, porque al levantar la mano haciéndole señas al primer mesero que nos había atendido, con todo respeto por ese fulano desconocido, se hizo el marica. Otro mesero nos vio, preguntó en qué podía colaborarnos, le pedimos la cuenta,  en el que venía un tercer trago de ron que no habíamos pedido. ¡Ayyy!

Extraño a ese joven, Andrés se llamaba, que atendía Isola como si fuera su propia casa, que era amable con todos quienes llegaban, hablaba con todos, sonreía siempre y estaba pendiente de cada detalle. Según me contaron, se fue a Australia, mis mejores deseos en la tierra de los canguros.

Para Isola, ojalá esta experiencia haya sido una “serie de eventos desafortunados”, una mala noche de la jefe de meseros, porque si la jefe de meseros no es un ejemplo de carisma, atención y calidad de servicio al comensal, cualquier restaurante está perdido. 

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